Tuesday, January 23, 2007

Corales rojos, mariachis y un pintor manco

México D.F. - Veracrúz - Acapulco (México)

Otro viaje hecho de chico con mi familia. En épocas de la "plata dulce", cuando miles de argentinos inundaban Miami y volvían cargados de cosas que en el país no encontraban, in cluso a costa de los valores democráticos, de las libertades individuales, de la hipoteca del país con una deuda externa que sería impagable y de las secuelas insanables de la muerte de 30.000 personas, los argentinos disfrutábamos del "éxito económico" durante los ´80. Con 6 o 7 años, en ese contexto yo visité México.

Alguna cosas que recuerdo: la inmensidad de "esa plaza graaaaaaande" que acabó siendo la Plaza del Zócalo, en el D.F. Otra: los corales rojos. Hasta ahora los pocos que había visto yo habían sido blancos (del Atlántico) y no de ese rojo pálido pero fuertemente definido (del Pacífico). Pero de los recuerdos que más me quedaron fueron dos: la de un pintor manco ilustrando con un pincel montado en su boca platos, tarjetas, lienzos... Y con una presición digna de ser envidiada. Mi hermano y yo tuvimos (ahora lo entiendo así) el honor de recibir como absequio dos pequeñas tarjetas: una ilustrando un clavadista de Acapulco lanzándose en pleno vuelo al océano, y la otra con un bello paisaje con una montaña nevada de fondo. Nosotros, pero en particular yo, habíamos quedado absortos al ver pintar a una persona que no tenía manos!! Daba algo de impresión pero a la vez resultaba admirable cómo lo hacía y la dedicación que le ponía. Mi madre nos acercó a él con mucho respeto, por su condición y porque estaba trabajando. Ahí aprendí eso: el respeto por los demás.

La otra imágen fue la de los mariachis. En el hotel donde estábamos hubo un espectáculo típico para turistas, con mariachis dado todo un recital. Esa música tan alegre y esos cantantes tan potentes eran imposibles de que pasaran desapercibidos por un niño.

La ciudad de México me pareció grande, y a la vez sucia. El smog era evidente al entrar en la ciudad, como una neblina eterna. Y todavía no estábamos en las explosiones demográficas de los últimos años, provocadas por el aumento de pobreza y las consecuentes migraciones desde el campo a la gran ciudad en búsqueda de cómo ganarse el pan. Aún así, el D.F. era el bosquejo de lo que es hoy. Lo mismo entonces, pero hoy con más: más grande, con más gente... A esa gente la recuerdo cálida, de buen humor y bien dispuesta.

De Veracruz lamento no recordar demasiado. Acapulco -además del pintor- recuerdo a los clavadistas, por supuesto. Desde una altura inmensa, ellos se arrojaban luego de rezarle a la Virgen para sobrevivir al salto. Y saltaban. Y caían como flechas al mar y salían airosos... Encima con un mar picado, agitado por olas y con rocas alrededor. Era peligrosísimo!

También fuimos a ver las pirámides aztecas. Eso fue algo increíble!! Tremendas construcciones en terrazas que se hacían sobre los claros de la selva. Junto a mi padre subí a una de ellas y los escalones me parecían gigantes, salvo en la parte central (en donde tienen su escalera hacia el altar). Allí los escalones eran todo lo contrario! Eran pequeñisimos! La pirámide era tan alta que finalmente tuvimos que descender la escalera sentando los escalones por el vértigo que despertaba que fuese tan empinada la construcción. Altamente recomendable para todo turista que visite México el ver las pirámides aztecas (y he escuchado excelentes referencias también de las construcciones mayas). Volví encantado con esa misteriosa civilización... y con su calendario bajo el brazo, por supuesto!

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