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Thursday, January 25, 2007

El último viaje familiar

Miami - Orlando - Disneyworld (EEUU)

El que sigue fue un viaje reeditado. Conocí Estados Unidos en los ´80, cuando viajaba de vacaciones siendo niño junto con mis padres y mi hermano. 15 años después, repetimos el mismo viaje por "la tierra de la libertad y el hogar de los valientes". Y aquella reedición es la que ocupará este posteo, pues fue también el último viaje que realizamos los tres juntos: mi madre, mi hermano y yo. Sabía que sería quizás la última vez en que los tres pasáramos unas vacaciones juntos en un viaje largo, por motivos diversos, pero básicamente tenían que ver con la vida: tanto mi hermano como yo ya teníamos edad suficiente como para vacacionar solos y además breve tiempo después estaríamos viviendo en nuestras propias casas. Por ende, ese viaje tenía varios sabores.

El viaje reeditado en 1997 (waw, hace ya 10 años!) incluía tres lugares, pero el objetivo era uno solo: visitar Disneyworld. Dicha meta compartía el initnerario con las clásicas paradas en Miami y en Orlando.

A pesar de mi inicial resistencia a estas vacaciones (la conversación familiar había sido optar con el dinero que se tenía para este "último viaje en familia" por ir a Disneyworld o ir a Europa y yo había optado por lo segundo) sabía que el objetivo era pasarla bien, y de hecho lo hice. A pesar de todo. A pesar de que Estados Unidos no es un país de mi agrado. Representa la máxima expresión de todo: del consumismo, del individualismo, de la gran parafernalia y del poco contenido, de los autos último modelo, del "gran bienestar económico" pero de una deuda gigantesca, del país que permanentemente hipoteca el futuro de sus hijos a sus nietos, el de la cultura chatarra, de la gente comiendo basura, de la gente vaciada, de la aliencación como ícono de la sociedad (bueno: como si tampoco hubiera alienación en la propia Buenos Aires... pero en fin). Ahí iba yo: a la capital del Imperio.

En la llegada a Miami, con mi hermano alquilamos un auto para poder movernos libremente por el estado de Florida y reducir con ello algunos costos que se presentaban. Y ahi entraron a jugar los plenos gustos de adolescentes que salian de su etapa en un país extranjero además y que ofrecía todo para su consumo. Resultado: un muy satisfactorio coche deportivo colo rojo con cambios automáticos. Ambos manejamos dicha hermosa pieza automovilística (con nuestra madre en el asiento trasero por supuesto), pero los roles estaban conformadamente divididos: mientras mi hermano sería el comandante de la nave yo sería su inefable copiloto. El deseo de mi hermano Martín de dirigirse en cuatro ruedas hasta el baño era por mucho superior al mio; además yo me manejo mejor con los mapas que él, quien puede perderse en algo que presente mayores dificultades que un taper. Por ende, cada cual a lo que sabe mejor para el beneficio del conjunto.
El hecho de tener casi completa libertad de movimiento planteaba -como todo- beneficios y dificultades. El primer beneficio era el evidente: la movilidad. Sobre todo para lo referido a moverse por Miami. Dos pendejos en auto por la gusanísima ciudad haciéndose los langas, era obvio. De todas formas intentamos no abusar de la ostentación que no teníamos y limitamos los paseos a la simple dsitracción o necesidad de traslado.

Así fue como nos perdimos en Miami... La razón (y lejos está la responsabilidad del copiloto en todo esto, es decir la mia) es la lógica del tráfico en EEUU. A excepción que en el centro de Miami (el downtown) es difícil encontrar calles como en nuestras ciudades "sudakas". Allá se manejan básicamente con autopistas o con autovías: Todo con doble mano, pero con la completa imposibilidad de dar una vuelta en "U" o de simplemente dar una vuelta manzana para retroceder en caso de pasarse. Por ende, si uno se pasa de la salida correcto de la autovía, está casi perdido, porque se dirige a vaya uno sabe donde dependiendo de cuando sea que vendrá la próxima salida de la autovía... Bueno, nosotros nos pasamos. Terminamos en el dowtown en horas no muy recomendables (con el sol cayendo). Solamente pudimos retomar el camino a la vieja usanza argentina: preguntando; en el caso de mi hermano (y literalmente "chapurreando" un inglés made at home), a dos afro-americanos que conversaban en un estacionamiento. Y en mi caso, entrando en una estación de servicio (allá son "gasolineras") y preguntando a la cajera (para nada desdeñable, segúyn recuerdo) en un completo argentino: "Che, disculpame. sabés donde queda tal lugar??" A lo cual, para mi completo asombro, me responde en su asento más porteño que el mío: "Sí, claro. Está a dos cuadras doblando a la derecha". Evidentemente lo argentinos tenemos algo escrito en el rostro que en casa se halla oculto pero que en el exterior salta a la luz...
Ya con esas experiencias, nos dirigimos con muchísima atención a la "8 east" (nombre de la autovía) rumbo a Orlando. El plan era ver a los Miami Heat (equipo de la liga de básquetbol de la NBA, deporte que aficionamos junto con mi hermano desde hace años) al regreso de Disneyworld y previa vuelta a las pampas húmedas. En pleno trayecto, mi madre se da cuenta que hay un coche que le hace luces a mi hermano desde atrás. Él ya lo había visto desde hacía rato, pero no le había dado mucha atención dado que todo parecía correcto en el auto. Cuando yo lo veo, me doy cuenta que efectivamente era un patrullero del "Orange County" (Condado Naranja) que hacía señas para que nos detuviéramos. Resultado: US$ 80 de multa por manejar sin respetar la distancia entre vehículos. Al parecer la argentinidad tiene cansados a los policías de Florida, ya que al manifestarle que eramos de estos rincones del mundo lanzó un suspiro como diciendo "justo a mi me teneían que tocar estos ignorantes" y se limitó a hacernos la infracción sin muchas explicaciones. Como supondrán, con semejante multa se nos fueron todas las esperanzas de ver a las estrellas del básquetbol estadounidense. Las únicas estrellas que veríamos serían las de la bandera yanqui de allí en más...

Disneyworld es -y debe ser así- una especie de paraíso de la infancia. Y digo infancia, no de los niños, porque es probable que un adulto lo disfrute tanto o más que un niño. Allí se da una rara mezcla entre diversión, paraíso, consumismo extremo, alienación, felicidad, inocencia y premeditación. Todo eso es la capital de Disney, una de las empresas trasnacionales más grandes y famosas del mundo. Y es así. La felicidad que causa disfrutar de los juegos y ver la cara de muchos chicos y grandes choca a veces con el kiosko de productos puesto a la salida de cada uno de los juegos sin excepción, hasta llegar al punto de pasar a ser un trámite obligado, una parte del paisaje: el gift shop de singularmente cada uno de las atraccioens del parque. Todo se compra y se vende allí, en el "paraíso de la felicidad". Sin embargo, el estado de alienación que uno llega a tener dista mucho de emparentar ese mundo con un ánimo que pueda causar duda, rechazo, o desacuerdo: uno es literalmente felíz estando alienado allí. Ahora me viene a la mente, precisamente, el libro "Un mundo felíz" de Aldous Huxley. Pues bien, Disneyworld tiene soma en cantidades suficientes para todos...

Baste concluir que, pese a mis primeras dudas, no me arrepentí -ni lo hago hoy- de ese viaje con mi madre y hermano. Las anécdotas fueron buenas y divertidas; y en cierta forma fue una muy buena forma en que uno pudo comenzar a decirle adiós a esa etapa que a veces parece ser eterna, pero que no lo es, y que se llama adolecencia.

Tuesday, January 23, 2007

Corales rojos, mariachis y un pintor manco

México D.F. - Veracrúz - Acapulco (México)

Otro viaje hecho de chico con mi familia. En épocas de la "plata dulce", cuando miles de argentinos inundaban Miami y volvían cargados de cosas que en el país no encontraban, in cluso a costa de los valores democráticos, de las libertades individuales, de la hipoteca del país con una deuda externa que sería impagable y de las secuelas insanables de la muerte de 30.000 personas, los argentinos disfrutábamos del "éxito económico" durante los ´80. Con 6 o 7 años, en ese contexto yo visité México.

Alguna cosas que recuerdo: la inmensidad de "esa plaza graaaaaaande" que acabó siendo la Plaza del Zócalo, en el D.F. Otra: los corales rojos. Hasta ahora los pocos que había visto yo habían sido blancos (del Atlántico) y no de ese rojo pálido pero fuertemente definido (del Pacífico). Pero de los recuerdos que más me quedaron fueron dos: la de un pintor manco ilustrando con un pincel montado en su boca platos, tarjetas, lienzos... Y con una presición digna de ser envidiada. Mi hermano y yo tuvimos (ahora lo entiendo así) el honor de recibir como absequio dos pequeñas tarjetas: una ilustrando un clavadista de Acapulco lanzándose en pleno vuelo al océano, y la otra con un bello paisaje con una montaña nevada de fondo. Nosotros, pero en particular yo, habíamos quedado absortos al ver pintar a una persona que no tenía manos!! Daba algo de impresión pero a la vez resultaba admirable cómo lo hacía y la dedicación que le ponía. Mi madre nos acercó a él con mucho respeto, por su condición y porque estaba trabajando. Ahí aprendí eso: el respeto por los demás.

La otra imágen fue la de los mariachis. En el hotel donde estábamos hubo un espectáculo típico para turistas, con mariachis dado todo un recital. Esa música tan alegre y esos cantantes tan potentes eran imposibles de que pasaran desapercibidos por un niño.

La ciudad de México me pareció grande, y a la vez sucia. El smog era evidente al entrar en la ciudad, como una neblina eterna. Y todavía no estábamos en las explosiones demográficas de los últimos años, provocadas por el aumento de pobreza y las consecuentes migraciones desde el campo a la gran ciudad en búsqueda de cómo ganarse el pan. Aún así, el D.F. era el bosquejo de lo que es hoy. Lo mismo entonces, pero hoy con más: más grande, con más gente... A esa gente la recuerdo cálida, de buen humor y bien dispuesta.

De Veracruz lamento no recordar demasiado. Acapulco -además del pintor- recuerdo a los clavadistas, por supuesto. Desde una altura inmensa, ellos se arrojaban luego de rezarle a la Virgen para sobrevivir al salto. Y saltaban. Y caían como flechas al mar y salían airosos... Encima con un mar picado, agitado por olas y con rocas alrededor. Era peligrosísimo!

También fuimos a ver las pirámides aztecas. Eso fue algo increíble!! Tremendas construcciones en terrazas que se hacían sobre los claros de la selva. Junto a mi padre subí a una de ellas y los escalones me parecían gigantes, salvo en la parte central (en donde tienen su escalera hacia el altar). Allí los escalones eran todo lo contrario! Eran pequeñisimos! La pirámide era tan alta que finalmente tuvimos que descender la escalera sentando los escalones por el vértigo que despertaba que fuese tan empinada la construcción. Altamente recomendable para todo turista que visite México el ver las pirámides aztecas (y he escuchado excelentes referencias también de las construcciones mayas). Volví encantado con esa misteriosa civilización... y con su calendario bajo el brazo, por supuesto!